Es curioso ver como ciertos objetos que sirven al hombre confían en la adaptabilidad del cuerpo humano para generar una interacción adecuada, mientras que otros sufren para satisfacer las formas caprichosas de nuestros órganos pasivos.
Un vaso sabe que tanto la mano que lo coge como la boca que recoge el contenido van a adaptarse a su forma, por lo tanto prima otras cosas como ser impermeable, duradero e incluso bonito. Y lo podrá usar tanto el papá como el hijo. En cambio un auricular se tendrá que retorcer para sujetarse debidamente a la oreja mientras el papá habla por teléfono. Y seguramente debería re-adaptarse si lo utilizara el hijo, porqué su pequeña oreja no sería capaz de adaptarse al dispositivo tal como su mano o labios lo hacen con el vaso.

Detalles que añaden valor
Admiro los detalles que añaden valor a un servicio o producto. Hay objetos podrían concebirse como óptimos, y se escapan de la conformidad evolucionando para cubrir usos secundarios. Por ejemplo, aparte de contener agua, el uso secundario de una botella puede ser transportar esta agua. Mediante la simple extensión de un apéndice circular en el cuello de la botella que antes sólo era útil para su fabricación o alargando el cuello de la botella se ha conseguido que el transporte sea más cómodo colgándola entre dos dedos.
